jueves, 25 de febrero de 2010

Fracasa todo lo que puede herir


Agustín García Calvo: "En la lengua no manda nadie"

El filólogo retoma su Escuela de Lingüística, Lógica y Artes del Lenguaje

Mucho antes de que se pusiera de moda la palabra "multidisciplinar" Agustín García Calvo lanzó su proyecto de Escuela de Lingüística, Lógica y Artes del Lenguaje. La idea era reconciliar disciplinas a las que la enseñanza había ido alejando hasta confinarlas en los compartimentos estancos de la filología, las matemáticas y el teatro. 
Por la necesidad de "enriquecerse mutuamente" y para romper las barreras entre las tres disciplinas nació en 1988 esa Escuela -ni escolar ni escolástica-, que duró hasta 1991. Hubo a su amparo tres grandes encuentros de expertos internacionales y la promesa de la Comunidad de Madrid de asegurar su futuro. Promesa rota: "Aquello fracasó, como fracasa todo lo que puede herir. El éxito sólo llega a aquello que no hace daño a nadie, a aquello que sigue la corriente", recuerda García Calvo, que esta tarde presentará el "recordatorio" de la Escuela en un acto que se celebrará a las 19,30 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. "Vamos a celebrar el recordatorio de los 20 años no sólo de lo que pudo ser, sino de lo que puede surgir en cualquier momento", dice.

viernes, 19 de febrero de 2010

jueves, 11 de febrero de 2010

La crisis

Recupero este artículo de Felipe Fernández-Armesto publicado hace unos meses en el diario El Mundo. De todo lo que se ha escrito sobre el problema me parece el único que aborda su origen. Como ocurre desde hace años, la sociedad de hoy trata no ya de maquillar o esconder sino de hacer desaparecer el dolor y la muerte, olvidando que todo lo que existe termina algún día por convertirse en su contrario.

Una sociedad de enfermos imaginarios
12.05.2009

Cuánto vale ese halcón que tiene debajo del mostrador? Alan Bennett, el gran escritor inglés, oyó la pregunta cuando hacía cola en una freiduría del norte de Inglaterra. Desde su puesto en la larguísima cola no podía ver el mostrador, y tuvo que echar a volar su imaginación para deducir cómo podía estar aquella noble bestia atrapada en un sitio tan insólito. ¿Qué extraña circunstancia habría llevado a un halcón a parar debajo del mostrador de una tienda inglesa de pescado empanado y patatas fritas? ¿Se habría muerto el halcón y, echando de menos el inmenso cielo había acabado allí debajo? ¿Lo había disecado el encargado para levantar el interés de los visitantes, situándolo en el mostrador de su tienda? Y, en cualquier caso, ¿cómo podía haber ocurrido aquello?

La inteligencia de Alan Bennett, por fecunda que fuese, quedó inmovilizada ante el enigma que le suponía la presencia del animal en el mostrador, y dedicó los pocos minutos que le quedaban esperando en la cola a pensar en lo difícil que es entender el mundo de hoy, tan lleno de maravillas cambiantes que se multiplican con una rapidez apabullante, sin seguir ningún patrón lógico ni obedecer a ninguna disciplina racional. Cuando llegó al mostrador, Bennett se dió cuenta de que El Halcón no era más que una marca de cerveza.

Desde que oyó la anécdota, mi mujer siempre califica como «un halcón debajo del mostrador» a cualquier aspecto del mundo que nos rodea y que consideramos incomprensible.

Y son muchos. No puedo explicarme, por ejemplo, la popularidad de McDonald's o CocaCola; tampoco la necesidad de tanta burocracia como la que aguantan los españoles o la estupidez de los lectores de Dan Brown. Pero tal vez el aspecto más desconcertante del mundo actual, por ser el más universal, es la excesiva y mórbida preocupación por la salud.

Escribo estas líneas en plena crisis -según dicen los propagadores profesionales de noticias alarmantes- de la supuesta pandemia de la influenza porcina -o gripe A/H1N1, como debemos llamarla para no molestar a los criadores de cerdos-. Resulta que ni es una crisis, ni una pandemia, ni creo que se trate siquiera de una enfermedad grave.

Acabo de escuchar a unas señoras estadounidenses, mientras se tomaban un vinito en la sala VIP del aeropuerto londinense de Heathrow, asegurar que, para tomar precauciones, ni siquiera van a hablar con un mexicano antes de que la enfermedad desaparezca. En el Reino Unido, donde cuando concluyo este texto hay aproximadamente media docena de enfermos, ninguno de ellos gravemente afectado, el Gobierno va a distribuir un panfleto en todos los hogares del país para informar a los ciudadanos sobre las medidas que hay que tomar en caso de caer enfermo. Entre los consejos que propone el Ejecutivo británico está el de formar grupos de vecinos para que si uno de ellos se encuentra en cuarentena, los demás le ayuden a hacer la compra u otros servicios amigables. Por otra parte, en Estados Unidos escuché en la radio a un experto aconsejando a los oyentes que no saliesen del país sin consultar a un médico -y es que en EEUU hay más casos de afectados que en cualquier otro país, incluido México-.

Los más enloquecidos se están poniendo mascarillas, mientras piden cita a los médicos con llamadas ansiosas sobre una gripe que, probablemente, ni les va a afectar, y que en caso de afectarles no les hará mucho daño. A mí supongo que me pondrán en cuarentena ya que cada vez que estornudo -lo que hago a menudo en esta época del año por la concentración de polen- suena al gruñido de un cerdo acatarrado.

Está claro que en el mundo desarrollado pretendemos ser demasiado sanos. Dejar de pensar en nuestras enfermedades nos liberaría para gozar más de la vida. Aceptar con dignidad un poco más de mala salud nos haría más felices, y nos ahorraría mucho dinero. Hoy en día, es absurdo todo lo que se gasta en buscar la salud perfecta. En marzo de este año en España se gastó algo menos de 1.100 millones de euros en medicamentos adquiridos con receta farmaceútica -un aumento de más del 9% respecto al mismo mes del año anterior-. Cabe preguntarse si la población española está sufriendo tanto que no es capaz de aguantar enfermedades a las que nuestros antepasados ni le hubieran hecho caso y por las que, por supuesto, no habrían gastado tanto dinero en medicamentos.

En el Reino Unido, el presupuesto para la salud pública en 2009 asciende al 9% del Producto Nacional Bruto y a más del 16% del presupuesto total. En Estados Unidos, el aumento en gastos relacionados con asuntos de salud está en torno al 6% anual, mientras que la economía se está estancando. La situación es claramente insostenible, y es consecuencia de unos valores cuanto menos extraños, ya que sería más lógico y más útil para la humanidad reducir el presupuesto de la salud pública en los países desarrollados -donde prolongamos nuestras vidas inútilmente y mimamos a nuestros hipocondríacos,- para repartir ese dinero a comunidades en zonas menos privilegiadas del mundo donde sí siguen padeciendo pestes horribles y niveles de mortalidad infantil escalofriantes.

Por supuesto, no invertimos tanto en nuestra salud para estar más sanos: ya estamos sobrada y escandalosamente sanos, y la preocupación por la salud es en sí misma una enfermedad que fomentamos e impulsamos despilfarrando tanto dinero. Nuestros motivos no son sanitarios, ni saludables, sino políticos, sociales, económicos, y psicológicos.

Los políticos buscan votos sobornando a los electores con píldoras y pastillitas. Las instituciones intentan edificar una morada social cuidando y nutriendo una cultura de vocación social. Las industrias farmacéuticas y de ingeniería médica siembran ansiedad por la salud para ganar dinero. La gente quiere medicinas y camas de hospital como muestras del cariño que le falta en sus relaciones con sus parejas e hijos.

En el fondo, la preocupación por la salud responde a nuestra necesidad básica de compartir valores con nuestros conciudadanos. Antes compartíamos patriotismo, religión, ideologías o valores morales. Hoy no nos queda nada de eso. En nuestras sociedades plurales, la sanidad es el único bien que atrae el respeto de casi todos. La salud es nuestra moralidad. Los hospitales y clínicas son nuestros templos. Los médicos son nuestros sacerdotes, y el presupuesto sanitario es la ofrenda que sacrificamos al gran ídolo e ideal de un cuerpo perfectamente sano.

Pensar en la salud de los demás es una virtud, hacerlo en la propia es un vicio. Por supuesto, es imprescindible, si queremos mantener una sociedad eficaz y una economía vigorosa, que dispongamos de una población trabajadora sana y bien nutrida. Para mantener una sociedad que valga la pena tenemos que dedicar un porcentaje suficiente de los impuestos de los ricos a la mejora de la salud de los gravemente enfermos, los niños, los pobres y los menos privilegiados. Pero para conseguir estos fines, no nos hace falta seguir mejorando tratamientos que ya son muy buenos, preocupándonos por alarmas provocadas por enfermedades de desconocido alcance, desarrollando nuevas tecnologías médicas excesivamente complejas y costosas, y gastando más tiempo en consultas y más dinero en los presupuestos sanitarios. Al contrario, tendríamos más dinero para cuidar a los más necesitados si los que estamos relativamente sanos dejáramos de acaparar tantos recursos.

Nos hace falta una revolución en los valores y en las expectativas. Busquemos valores más dignos sobre los que sostener una sociedad plural más allá de ese culto a la salud: la paz, por ejemplo, el respeto, el placer de conocer y experimentar culturas diversas. Dejemos de esperar que nuestra salud sea perfecta. Abracemos a las peripecias de la salud como oportunidades de sufrir callándose y de resistir al egoísmo. Ajustémonos a una vida incierta y peligrosa que pudiera ser corta pero que saldrá por cierto más interesante que una vida entregada al deseo de prolongarse. Enfrentémonos a la muerte como proceso natural, sin temores. Insistamos en no recurrir al médico ni al hospital sino por motivos auténticamente graves. Soportemos los achaques, aguantemos los dolores, las tensiones, las fatigas y los malos humores como episodios normales de una vida sana.

Intentemos seguir llegando a nuestros lugares de trabajo a pesar de los catarros y gripes y otras enfermedades cotidianas. Boicoteemos a las medicinas de marca y los tratamientos excesivamente sofisticados y caros. Renunciemos a la seguridad y la comodidad. Sustituyamos el aprecio a una vida entera, denodada y difícil. Si dejamos de pensar en la salud, seremos más sanos o, por lo menos, no nos daremos cuenta de que no lo somos, que al fin y al cabo es la misma cosa.

Por supuesto, otra gran peste vendrá a exterminarnos o a acabar con la vida de muchos millones de personas. El mundo de los microbios es tan mutable y tan volátil, y la evolución de los virus se desarrolla con tanta rapidez que es inevitable que algún día de estos aparecezca una nueva cepa para desafiar con éxito a todas nuestras medidas de resistencia. Pero la influenza porcina no la es. Hay que tratarla con desdén. Si seguimos reaccionando exageradamente a enfermedades desdeñables, lo más probable es que cuando nos toque la próxima Peste Negra, estemos tan hartos de esas alarmas que acabaremos rindiéndonos al desastre como los oyentes de Casandra o del niño que gritó «¡lobo!».

Felipe Fernández-Armesto es historiador y ocupa desde 2005 la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, EEUU). Es autor de Los conquistadores del Horizonte. Una historia mundial de la exploración.

domingo, 7 de febrero de 2010

Secuencias para la memoria (XII)

El león en invierno (The Lion in Winter) 1968, Anthony Harvey





My life, when it is written, will read better than it lived. Henry Fitz-Empress, first Plantagenet, a king at twenty-one, the ablest soldier of an able time. He led men well, he cared for justice when he could and ruled, for thirty years, a state as great as Charlemagne's. He married out of love, a woman out of legend. Not in Alexandria, or Rome, or Camelot has there been such a queen. She bore him many children. But no sons. King Henry had no sons. He had three whiskered things but he disowned them. [to his sons] You're not mine! We're not connected! I deny you! None of you will get my kingdom; I leave you nothing and I wish you plague- may all your children breach and die! [storms out the corridor, turns and looks back] My boys are gone. I've lost my boys.

sábado, 6 de febrero de 2010

"Ética a Nicómaco" para El EnTrEvErO


EL LIBRO PARA EL 6 DE MARZO (17º Aniversario de El EnTrEvErO)
Ética a Nicómaco o ética nicomáquea (griego Ἠθικὰ Νικομάχεια, transliterado Ethika Nikomacheia;gen.: Ἠθικῶν Νικομαχείων, Ethikōn Nikomacheiōnlatín Ethica Nicomachea) es una obra de Aristóteles escrita en el siglo IV a. C. se trata de uno de los primeros tratados conservados sobre ética y moral de la filosofía occidental y sin duda el más completo de la ética aristotélica. Está compuesto por diez libros que se consideran basados en notas sobre sus ponencias magistrales en el Liceo. La obra abarca un análisis de la relación del carácter y la inteligencia con la felicidad. Junto con el mensaje bíblico judeocristiano, constituye uno de los pilares fundamentales sobre los que posteriormente se erigió la ética occidental.

jueves, 4 de febrero de 2010

Para acabar con...( I ) La Estadística

Hoy, para empezar, voy a hablar de estadística,una de las materias que más desasosiego e indignación me producen. Y que menos entiendo, ¿verdad Andrés? Voy a dejar a un lado su cariz de bestia negra para muchos estudiantes de psicología o sociología, o su inanidad para predecir resultados electorales. Intentaré desentrañar su significado más profundo. Y tremebundo.

Me gustaría centrarme en los daños que esta rama de las matemáticas causa desde un punto de vista psicológico. En primer lugar, el pensamiento estadístico es un golpe durísimo para la vanidad humana. Y de esa hay mucha. Es la paradoja del ser humano: que somos un espécimen entre casi siete mil millones de la misma especie, aunque cada uno de nosotros sea único.
Pensar de uno mismo de un modo estadístico es muy destructivo para el proceso de individuación (es decir, ser uno mismo), porque lo relativiza todo. Nos cuesta entender el efecto tan negativo que nos produce leer estadísticas. Entre otras cosas porque se trata de una imagen falsificada de la realidad. Empezar a pensar estadísticamente es empezar a pensar contra nuestra condición única. La estadística crea el ánimo de pensar que poco se perdería si muriese mañana bajo los efectos de una bomba atómica ¿quién lo sentiría si soy una víctima más?

¿Deberíamos rebelarnos contra esa perversa forma de explicar la realidad de la estadística? No sé, pero quizá deberíamos apostar más por la condición única e irregular de la realidad. ¿No es precisamente por eso que nos enamoramos de alguien? Parece que sí, que lo hacemos porque destacamos la figura de esa persona de la uniformidad anodina del fondo gris.

Mi lado emocional siempre ha sentido terror por llegar a engrosar estadísticas. Es una guerra perdida porque nadie te pide permiso. Es natural que formes parte de las cifras del crecimiento de natalidad en el mundo, pero qué me decís de esos títulares que para mayor desgracia además son cíclicos que te recuerdan que "los madrileños se comerán cincuentamil quilos de roscón en estas fiestas" o "medio país se encerrará en su casa para ver el partido de esta noche", etc., cada uno de ellas más inclusiva.

En la medida en que seamos capaces de escapar al pensamiento estadístico podremos incluir el concepto de valor en nuestras vidas. Saber que aunque mi perro es uno más, en mi vida juega un papel especial y como en mi vida hay valores otorgo a ese perro uno concreto. Ejercitar las emociones hace que tu vida y tus relaciones y actos parezcan únicos y les dan un valor definitivo. Los que, por otro lado, piensan desde una perspectiva estadística es que no tienen sentimiento, o sólo un sentimiento débil, o tienden a traicionar sus propios sentimientos.

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Para acabar con...

Comienzo con este post lo que pretende ser una serie de memorandos o quizá una declaración de intenciones respecto a diversos conceptos, figuras y realidades que me chirrían causándome disgusto. El propósito es crear cierta polémica, que normalmente es sana, sin intención alguna de ofender a ninguna de las personas que puedan llegar a ser aludidas. No se trata de establecer principios, por eso no se trata de convencer a nadie de nada sino de hacer una crítica sana de aquello que a cada uno le apetezca. Se titulará Para acabar con... , título tomado directamente de un libro muy viejo y muy divertido de Woody Allen. A pesar del título, el acabar no debe interpretarse como aniquilación, supresión, etc., sino como un intento de poner en solfa la cuestión elegida. Solfa, solfa, ehhh... mira que me viene algo. Espero vuestras aportaciones.

Una cuestión



He querido recordaros un extracto de un pasaje de un libro que me fascina desde hace años. Una mina de oro inagotable. Cuando lo leí por vez primera en 1995 sentí en mi nuca el aliento de una voz lejana. Sentí que ya había estado allí o, por el contrario, que alguien había estado en mí. Como cuando te metes en tu cama y el rastro de un perfume o un pliegue en el embozo de la sábana te advierte de que alguien ha dormido allí. Qué impresión... todos sabéis que es necesaria una orden judicial para entrar en mi cama. En fin, a pesar de ser un poco largo, me parece que se trata de un texto idóneo para ayudarnos a comprender qué está pasando en estos tiempos difíciles para muchos.

"El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción: la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad(...).
Para actuar es necesario, por tanto, que no nos figuremos con facilidad las personalidades ajenas, sus penas y sus alegrías. Quien simpatiza, se detiene. El hombre de acción considera el mundo exterior como compuesto exclusivamente de materia inerte (...).
El máximo ejemplo de hombre práctico es el estratega. Toda la vida es guerra, y la batalla es, pues, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con las vidas como el jugador de ajedrez juega con las piezas del juego. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada lance de su juego lleva la noche a mil hogares y el dolor a tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuéramos humanos? Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización. El arte sirve de fuga hacia la sensibilidad que la acción tuvo que olvidar.
Todo hombre de acción es esencialmente animado y optimista porque quien no siente es feliz. Se reconoce a un hombre de acción porque nunca está de mal humor. Manda quien no siente. Vence quien piensa sólo lo justo para poder vencer".